Qué perra es la mar

Nadie tiene más derecho a usar la expresión anterior que quien la ha vivido, quien ha pasado noches de faena a la intemperie, quien ha sentido el látigo del levante en el rostro mientras el resto del mundo duerme y quien sabe que el sustento no se busca, se le arrebata a un abismo oscuro y a veces violento.

Hablar de la pesca de cerco y jareta, de nuestro pueblo, es hablar de una de las formas más puras y crueles de ganarse el pan. Mientras los focos de las traíñas barren la superficie, el pescador de cerco se convierte en una sombra que aguarda el destello de la ardentía. Es un trabajo de centinelas: ojos cansados que buscan en la negrura del agua el rastro del boquerón o la sardina, soportando el relente que cala hasta el tuétano y el vaivén hipnótico de una cubierta que nunca deja de ser un terreno hostil.

El precio de la noche: la salud quebrada

Esa "perra mar" no solo se cobra el esfuerzo físico; se cobra la salud en cómodos pero implacables plazos. El pescador de cerco vive en una agresión constante contra su propia biología.

  • El naufragio del sueño: Trabajar al arda significa romper el ritmo circadiano de forma crónica. El cuerpo humano no está diseñado para el esfuerzo explosivo a las tres de la mañana. Esta alteración no solo genera fatiga; es el origen de una mayor incidencia de enfermedades cardiovasculares, hipertensión y trastornos metabólicos que persiguen al marinero mucho después de haber dejado el barco.

  • Huesos de sal y acero: La maniobra de la jareta es una coreografía de fuerza y tensión. El manejo de los artes, el peso de los aparejos y la inestabilidad de la cubierta provocan un envejecimiento prematuro del sistema locomotor. Hernias discales, artrosis precoz en manos y rodillas, y hombros destrozados por el esfuerzo repetitivo son las medallas invisibles de este oficio.

  • La humedad como compañera: El frío nocturno y la humedad constante no son anécdotas; son los precursores de enfermedades reumáticas que convierten la jubilación en un proceso de dolor crónico.

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– Jesús Malia, enBarbate.com

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Esperanza de vida: una vejez prematura

La estadística es fría pero reveladora: la esperanza de vida de un pescador de cerco es sensiblemente inferior a la de la media nacional. No es solo el riesgo de no volver un día a puerto —la altísima siniestralidad del sector—, sino el desgaste silencioso.

Muchos marineros de Barbate llegan a los 55 años con el organismo de una persona de 70. Es por eso que existen los coeficientes reductores para la jubilación; no son un privilegio, sino un acta notarial que reconoce que el mar consume a los hombres por dentro. La calidad de vida en la vejez del pescador suele estar marcada por la medicación y las secuelas de una vida de "mal dormir y peor comer", donde el estrés de la maniobra y la responsabilidad del lance han mantenido el cortisol en niveles tóxicos durante décadas.

"Qué perra es la mar", decía mi padre. Y lo dicen otros cuando ven las secuelas en los marineros. Porque saben que cada caja de pescado que entra en la lonja lleva consigo un pedazo de la vida, de la salud y del tiempo de quienes, noche tras noche, se juegan la existencia en el cerco.

Juan Galindo

Ayer se nos fue otro de ellos, Juan Galindo del Pozo, y solo quien sabe lo que es la mar puede imaginar que tan solo tenía 67 años. Ajú, Juan, qué corta es la vida, y qué perra es la mar.

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